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Portador del Anillo, portador de la luz
El Señor de los Anillos: El retorno del Rey (2003), Peter Jackson

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Elen síla lúmenn’ omentielvo, “una estrella ilumina el momento de nuestro encuentro”. Este es el saludo que Frodo dirige a Gildor, el elfo, ante la sorpresa de todos, especialmente de sus amigos hobbits. Frodo aprendió el idioma de los Altos Elfos de labios de su tío Bilbo. Para los elfos, las estrellas encierran un profundo significado. Ellos son los primeros creados de entre las razas libres por Ilúvatar (“padre de todo”), el Dios único de la Tierra Media, al que los elfos también llaman Eru (“el único”). Cuando Eru los creó lo primero que vieron al abrir los ojos fue el brillo de las estrellas. Por eso, cuando miran al cielo acude a su memoria el eco primigenio de la creación y el vínculo que les une a Eru.

En las grandes ciudades apenas se ven las estrellas, por eso también nos cuesta más ver a Dios. En la medida que nos olvidamos de dónde venimos, olvidamos el vínculo que nos une al Creador. Quizá es solo una apariencia, pero ahora que hay menos actividad parece que las estrellas brillan más, a lo mejor porque nosotros “brillamos” menos. Como a los elfos, la luz de las estrellas nos habla del pasado: la que nos llega cada noche salió, en realidad, tiempo atrás. El sol es nuestra estrella más cercana y su luz tarda en llegarnos unos 8 minutos. Cuando vemos la luz de la siguiente estrella, Próxima Centauri, nos llega en un viaje iniciado 4,3 años atrás. A partir de aquí, recibimos luz de estrellas que estaban mucho antes que nosotros: la Estrella Polar está a 320 años luz y la mayoría de las estrellas están a miles de años luz. Lo que dice Tolkien no está tan desencaminado…

Al partir de Lórien, la reina Galadriel entrega a Frodo un frasco con la luz de Eärendil (Venus para nosotros, el astro más brillante) para que lo proteja en momentos de oscuridad. A partir de entonces Frodo no será solo el portador del Anillo, sino que también será portador de Luz. Llleva los dos consigo, como nosotros. Llevamos el anillo porque es el arma del enemigo, que es el miedo, miedo no sólo a la muerte física, sino a todas aquellas cosas que nos pueden hacer sufrir. El anillo pesa, es como un aguijón en la carne que nos tira hacia abajo. Pero también llevamos una luz que nos impulsa a mirar al cielo de donde procede. La llevamos en un pequeño frasco que se puede romper. No somos la luz, ni la emitimos como las estrellas, solo podemos llevarla si nos la dan y la queremos conservar y reponer cuando haga falta.

El último gesto que propició la derrota de Sauron se debe, misteriosamente, a la misericordia que tuvieron en su día con Gollum. Pero ninguna lucha se hubiera ganado si, previamente, no se hubiera renovado la unión de los pueblos libres (elfos, hobbits, enanos y hombres), de todos aquellos dotados de libre albedrío. Cada gesto de luz que realizamos cada uno en nuestra situación, como podamos, es una llamada a la unidad. Como cuando salimos a aplaudir cada tarde a los héroes que están en primera línea dando su vida, a veces literalmente. Como el de Pippin al encender las almenaras de Gondor, símbolo de una alianza que tiempo atrás había quedado rota. Y es que lo estamos deseando, estar unidos, pese a las diferencias. Lo necesitamos más que nunca. Aplaudimos por ellos, y también para saber que no estamos solos. Cada balcón se convierte en una almenara que se enciende y nos recuerda la alianza a la que estamos llamados. Lo estamos deseando. Pueblos libres, portadores de luz, ¡aplaudid!

“—Te lo agradezco, Gildor Inglorion —dijo Frodo inclinándose—. Elen síla lúmenn’ omentielvo, una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro —agregó en la lengua de los Altos Elfos”.

“Y tú, Portador del Anillo —dijo la Dama, volviéndose a Frodo—; llego a ti en último término, aunque en mis pensamientos no eres el último. Para ti he preparado esto. —Alzó una pequeña redoma, que centelleaba cuando ella la movía, y unos rayos de luz le brotaron de la mano.— En esta redoma —dijo ella— he recogido la luz de la estrella de Eärendil, tal como apareció en las aguas de mi fuente. Brillará todavía más en medio de la noche. Que sea para ti una luz en los sitios oscuros, cuando todas las otras luces se hayan extinguido. ¡Recuerda a Galadriel y el Espejo! Frodo tomó la redoma, y la luz brilló un instante entre ellos, y él la vio de nuevo erguida como una reina, grande y hermosa, pero ya no terrible. Se inclinó, sin saber qué decir”.

“Aragorn trató de confortarla [a Arwen], diciendo: “Todavía puede haber una luz más allá de las tinieblas; y si la hay, quisiera que la vieras y fueras feliz”.

Extractos de El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. 

 
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